15 feb. 2009

El cumpleaños de mi ciudad

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No hay nada más hermoso que el cumpleaños de la ciudad en la que se nace o se crece, o también la de esa ciudad que recibe a sus habitantes, sin preguntarles siquiera de dónde vienen, o a qué raza o etnia pertenecen. La gente estaba disuelta por toda la superficie visual, cortadas estaban las calles, los oficiales de policía custodiaban que el tránsito no pudiera penetrar aquel espacio que estaba a punto de revivir en la historia a través de representaciones propia de época a cargo de diferentes instituciones que en el lugar se encontraban para ofrecer un espectáculo a quienes pasaban por allí.

La plaza ya no era verde, se había teñido de un color muy raro de ver y que en pocas oportunidades suele visualizarse, aquella plaza estaba teñida con el color de la gente, una gente con color a valores, a nostalgias, a batallas ganadas y también de las otras, con color a alegrías, a recuerdos, a energías y que estaban reunidas allí, justo en ese lugar, respondiendo a un llamado: el de sus orígenes.

No hay nada mas hermoso que el hecho de poder recordar en compañía de las nuevas generaciones, la historia que para el presente, ya es pasado, un oscuro y quizás olvidado pasado, en donde se mezclan los valores con los desvalores, las verdades con las mentiras, la humildad con la soberbia, la juventud con la vejez, la noche con el día.

La gente baila con fervor en medio de las calles, hay un escenario armado, con bases ornamentales bien presentables, los músicos seleccionan cada melodía con el propósito de llegar a cada uno de los presentes, con notas armónicas, que deleiten sus sentidos y revolucione su esencia.

Los puestos no pueden faltar, los artesanos fueron, son y serán, seguramente parte de la historia que pronto se escribirá, por ende, deben hacer acto de presencia, mostrando aquellas habilidades que son intangibles al ojo humano, pero que se materializan en cada objeto forjado de diferentes materiales que tienen por función inmortalizar una tendencia, un diseño, un período histórico, un lugar geográfico, que la gente quiere tener presente en sus casas como evidencia que estuvieron en un determinado lugar.

Alrededor de la plaza principal se hayan los puestos de comidas: los sabores, los olores, se mezclan como hierbas con el viento en una tarde de verano en el campo; ese olor que solo se capta con los ojos cerrados y abriendo los sentidos, mientras la naturaleza, disfrazada de suave brisa, trae esos recuerdos. Los ingredientes de cada preparación se delatan por si mismos, la fuerza del campo se materializa en los panecillos de trigo y maíz y en la mandioca, y hasta se puede distinguir ese olor a vino patero por el aire repleto de aromas.

La noche se está acercando, la brisa suave, de pronto se trasformó en ráfaga de viento un poco alterada, las personas miraron hacia el cielo, y una de las más viejas que se encontraba allí, aseguró que llovería, a más tardar, a la medianoche. El cielo ya estaba algo gris verdoso compacto, y cada vez más oscuro se ponía, el clima de repente había cambiado, los puesteros con el impulso que tiene un resorte al ser lanzado desde su estado mas comprimido, producto de la opresión, decidieron en un santiamén levantar sus carpas con sus muestras típicas y regionales. Segundos más tarde, se puede escuchar por el altoparlante que uno de los organizadores, intenta reanimar la fiesta, pero la gente está demasiado harta de que la naturaleza, sin consultarle siquiera, destruya todo lo que se encuentra en su guarida. El intento fue en vano, la gente poco a poco se iba retirando, con una especie de nostalgia que palpitaba en sus corazones, mientras repetían una y otra vez: _”igual que el año pasado”_

Las calles se quedan vacías, saqueadas y con restos de lo que hace un instante fue alegría; sólo las hojas juegan con el viento, en medio de esta noche.

La migración hacia estaciones, terminales de colectivos y trenes aprecia el contrate de personas, que por esas horas nocturnas, solo deseaban retornar a sus casas.
Sólo un hombre, camina lentamente por las húmedas e iluminadas calles de esa ciudad en busca de una salida no tan apresurada, como si intentara hacerle frente a la tempestad que se ha desatado, sin temor alguno, o peor aún, quizás sin ya más nada que perder.



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1 Response to El cumpleaños de mi ciudad

Anónimo
21 de febrero de 2009, 15:17

a weno.....

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