16 feb. 2009

La primera vez...

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Diferentes acontecimientos imprevistos pueden suceder esta noche si no se tiene planificada la salida, pensó Guillermo Bertrhan al salir de su casa un sábado a la noche; pero lo interesante de ese sábado fue, que no era uno cualquiera, sino-más bien-el primer fin de semana que saldría. Durante la semana que se esfumó había cumplido 18 años, lo que le otorgaba licencia para poder salir sin horarios limitados de regreso y hasta beber alcohol en público.

Ese día lo programó y la noche sucedió así: a las 23hs llamó a su barra y todos empezaron a caer en su departamento, con birra y pizza de por medio, la noche se fue aclimatando; la tele como fiel compañía inseparable ya no cumplía ese rol de nodriza que los entretenía mientras sus padres no estaban en casa, no, aquella etapa ya había quedado atrás, esta vez los programas no eran los de siempre: comedias, películas de vaqueros o hasta dibujos animados, esta vez , miraban algo más que eso.


Cuando se retiraron de la vivienda, recorrieron las calles libremente, las luces de la ciudad eran tan potentes que por un momento sintieron estar caminando a la luz del día.


Todos vestidos iguales: jeans, campera de jeans, zapatillas negras y un ancho cinto que se divisaba con facilidad, casi no se diferenciaban el uno del otro en la lejanía. Así entraron a un bar, pidiendo una cerveza y una muchacha muy bonita se las acercó destapándosela justo enfrente de sus ojos, dejándose ver su pronunciado escote y más abajo un sostén de color rojo. Los muchachos reaccionaron ante tal insinuación; aunque uno de ellos-Guillermo-prefirió no participar.


El grupo, acabada la cerveza, pidieron otra más, con el fin de que la misma moza se las acercase con su pronunciado escote y poder ver más allá de él; desafortunadamente-para ellos- la cerveza se las acercó la dueña del bar, una señora de mediana edad y cuerpo obeso, pero con gran estética y buen gusto al vestir.
Apenados por el infortunio, la barra de amigos decidió marcharse del lugar, siguieron recorriendo las calles la ciudad con sus autos deambulando, gente distraída, excesivos ruidos y exageradas luces de frente, daba la sensación y ligera impresión de estar en una especie de jungla, aunque de cemento.

Nadie volteaba para ver a su alrededor, los semáforos cambiaban de color a cada instante, indicando el paso a quien correspondiese.
Llegaron al boliche que había sido reservado, como todos los años, por miembros de la facultad de periodismo quienes acostumbran a recibir la primavera con una fiesta del estudiante, bien organizada, y hasta el amanecer.

El edificio lo conocían muy bien todos-excepto Guillermo- ya que era su primera experiencia en sentir la noche platense. Junto al cuerpo de alumnos, para ellos compañeros, se integraron de forma instantánea para disfrutar de la velada que les ofrecería el organizado centro de estudiantes del momento.
Llegaron al boliche, allí el ambiente estaba cargado de una mezcla entre humo de cigarros, porros, lociones y afines, se tornaba irrespirable, aunque agradable y sorprendente para unos muchachos de esa edad. Probaron cervezas de todos los sabores, tragos de todas las regiones y hasta se atrevieron a dar sus primeras promesas amorosas, ya completamente ebrios y desquiciados.

Ninguno recuerda qué fue lo que sucedió aquella noche, todos amanecieron a orillas del Río Platense sin poder explicarse cómo llegaron allí.



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